Sobre cerdos y control corporativo

Por Fernando Frank para Huerquen

 

Los conflictos políticos, de la mano de los trabajos sobre las palabras y las ideas, pueden generar conciencias políticas más sensibles y potentes, y organización transformadora.

La intención de este artículo es comentar algunos elementos que pueden ser útiles para el debate por el acuerdo (o no) entre Cancillería de Argentina y China, para la instalación de mega-granjas de producción porcinas. El planteo es parcial, por supuesto, complementario con los debates planteados en la campaña amplia. La escritura es personal, pero a partir de debates colectivos en todos los casos.

La información oficial es muy poca y cambiante. Se lo anunció como una gran oportunidad económica, y se lo discutió a puertas cerradas entre muy pocos actores. Esto es ya un hecho político grande, y grave. El rechazo del proyecto, por parte de un grupo amplio de organizaciones, con el apoyo masivo de ciudadanos/as que firmaron el documento “No queremos transformarnos en una factoría de cerdos para China, ni en una fábrica de nuevas pandemias”, hace pensar que pronto tendremos precisiones y podremos seguir analizando y debatiendo políticamente. El silencio roto es una buena noticia, pero insuficiente: queremos transformar la realidad.

Por ahora estamos abocados a explicar algunas cuestiones acerca de cómo funcionan algunas cadenas de valor y algunas empresas de los agronegocios y la industria agroalimentaria, para difundir algunos elementos, para estar mejor parados ante debates más importantes y concretos. Y para intentar desactivar discursos insólitos centrados en valores abstractos de “desarrollo”, “progreso”, a los que estamos tristemente acostumbrados.

El 6 de julio la Cancillería Argentina informa avances en el acuerdo con China para la instalación de mega-granjas porcinas – Foro Cancillería

Los agronegocios en Argentina

Los agronegocios en Argentina son parte de construcciones históricas y políticas que se remontan a la Argentina agroexportadora y a los impulsos de la Revolución Verde de mediados del Siglo XX. Articulan hoy varias producciones y negocios, en torno a cuatro pilares (según Hernández, V. 2015): Tecnológico (híbridos y transgénicos, fertilizantes, agrotóxicos, tecnologías de la información y comunicación, entre otras), Financiero (diferentes tipos de contratos hacia el futuro que habilitan la especulación con commodities agrícolas y tierras), Productivo (tierras y trabajo en nuevas lógicas de negocios centradas en la movilidad del capital y el control de las cadenas de valor) y Organizacional (nuevas prácticas empresariales vinculadas a lo anterior, y una creciente tercerización de la mano de nuevas instituciones e identidades profesionales)

Las formas clásicas de colonialidad y capitalismo toman los elementos novedosos, y avanzan. Otro concepto útil para el análisis es el de Extractivismo. Queda muy claro que las empresas transnacionales ven en Argentina y en el Cono Sur, un objetivo estratégico de consumo de clases medias del Norte y del Sur globales, con una mirada muy concreta para los “territorios de sacrificio”. Los estudios y luchas contra el extractivismo no cuestionan solamente los conflictos ambientales: se trata de comprender y cuestionar la integralidad de las prácticas económicas, principalmente las que se producen en los países del Sur, para los consumos de los países centrales. No se trata de qué proporción consume Europa, China o EEUU, sino de debatir los modos de producción y de consumo, y sus impactos económicos, sociales y ambientales en sentido amplio.

En la Argentina actual podemos contar, como agronegocios, a los monocultivos de árboles, de caña de azúcar, a los viñedos, nogales y olivares de NOA y Cuyo, a los monocultivos de frutales, entre otros. Los más enormes y con mayor impacto en términos territoriales y económicos son los monocultivos de sojas y de maíces transgénicos. Sobre este tema específicamente en mayo de este año publicamos un trabajo colectivo que entiendo que es muy relevante para el debate que hoy nos ocupa. Se trata del “Atlas del Agronegocio transgénico en el Cono Sur”. Además de la situación e historia reciente de Argentina, se trabajó sobre Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia, con compañeros/as de cada país.

Además de estudiar la instalación del sistema de los transgénicos y los agronegocios en la región, planteamos los efectos en territorios (desmontes, contaminación, concentración económica, etc) y las tendencias. Un punto que me interesa traer a este debate son los usos que hoy tienen los granos de maíz y soja transgénicos: la exportación directa, el procesamiento en expeller y aceites, la ganadería industrial, los agrocombustibles (mal llamados biocombustibles), los alimentos de mascotas, los biomateriales y los comestibles ultraprocesados. Cuando nos adentramos en cómo están compuestas las cadenas, cómo se insertan los productos en los mercados y a qué producciones desplazan, podemos ver claramente dos cuestiones: muchos de los usos son no-alimentarios (agrocombustibles, exportaciones directas, biomateriales, alimentos de mascotas, etc.), y los alimentarios son muy ineficientes y problemáticos en términos sanitarios y ambientales, concretamente las distintas formas de ganadería industrial bovina, aviar y porcina y los comestibles ultraprocesados.

Los comestibles ultraprocesados (que muchas veces incluyen derivados de soja y maíz transgénicos) son los responsables directos de una pandemia de un impacto inédito: las enfermedades crónicas no transmisibles (Monteiro et al, 2019). Argentina está entre los países del planeta que más los consumen. Las formas de estos ultraprocesados, además de las golosinas, bebidas azucaradas, panificados industriales y otras, incluyen los de origen animal: los fiambres y los lácteos, principalmente. La recomendación desde las miradas de salud colectiva es directamente evitarlos. No evitar los lácteos, fiambres y panificados: evitar las formas industriales ultraprocesadas. Específicamente para las carnes procesadas, la IARC de la OMS las clasifica como “Grupo 1, cancerígeno para los seres humanos”. (IARC OMS 2015).

Acá entiendo que hay un punto central para el debate que nos ocupa: el convenio habla de alimentos, pero todo indica que va a fortalecer un sistema de producción de comestibles que los sistemas de salud que basan sus políticas en evidencias (y no en lobbys empresarios como sucede en nuestro país) recomiendan evitar. Entendemos que hay un problema fuerte aquí, sobre todo al considerar que las tierras, aguas y trabajo que van a ocupar estas actividades tendrían que centrarse en alimentos reales, y en un enfoque de derecho a la alimentación diversa, sana, segura y soberana.

El otro aspecto relevante que elijo considerar para este debate es la concentración extrema de actividades críticas en las cadenas de valor de los agronegocios: Semillas y agroquímicos, fertilizantes, genética ganadera, productos farmacéuticos para animales, maquinaria agrícola, comercio de commodities agrícolas, procesado de alimentos y bebidas, y comercios minoristas. Sobre este tema específicamente, y para la escala global, el Grupo ETC y el panel de expertos IPES Food elaboraron el informe “Demasiado grandes para alimentarnos” (2018). Las cadenas agroindustriales son analizadas en cuanto a empresas y control de porciones de mercado. En muchos rubros se comprueba la efectiva monopolización. Lo que se comprueba, además, es que aunque los rubros estén más o menos concentrados, la uniformización de los modos de producir es altísima, y creciente. También crece la dependencia, tecnológica y económica, por parte de los agricultores, de los consumidores y de los pueblos y países.

Se trata de una estrategia muy clara, que poco se problematiza desde algunos espacios institucionales. Lo que se ve, desde Argentina y el cono Sur, es un crecimiento del control de las cadenas de valor, y la realización de los sueños de las empresas. Este proyecto de acuerdo entre cancillería y China se entiende, en la mirada de muchos de nosotros, como uno más (y grande) de estos intentos.

Según Biogenesis Bagó el acuerdo con China implica «pasar de una producción de 6 a 100 millones de cerdos en un período de 5 a 8 años», y alcanzar las «9 millones de toneladas exportadas»

Conclusiones

La realidad es dramática, pero no debe abrumarnos y llevarnos a pensar, en términos de Margaret Thatcher, que “no hay alternativa”.

La Argentina tiene historias muy dolorosas de inserción dependiente en los mercados globales. Mientras ciertos sectores siguen celebrando el pasado agroexporador ganadero, otros encuentran ahí un punto clave de la genealogía de la dependencia. Presten atención a lo señalado por Rosa Luxemburgo sobre la vinculación de Argentina con Inglaterra, en el artículo de Horacio Machado Araoz (Machado Araoz, 2020). Veámoslo en términos de deuda externa, y también en términos de conformación productiva.

En el mismo sentido crítico Sebastiao Pinheiro (Pinheiro, S, 2020) muestra el ejemplo del mercado de la carne (envasada en vidrio, fresca y con conservantes), para la exportación desde Frai Bentos y pueblo Liebig, a Europa, durante décadas, incluyendo la época de la Primera guerra mundial. La historia, también desde el Cono Sur, Argentina y Uruguay, es una historia de control territorial por medio del monopolio industrial.

Otro ejemplo, mucho más reciente y que recordé en estos días a partir de este conflicto, es el del mejoramiento nacional hecho por el INTA y universidades, previos a la última dictadura militar. Para quienes estamos en estas discusiones es muy revelador, y muy duro además, escuchar a Sigfrido Krakt relatando cómo lograron mejorar gallinas ponedoras adaptadas al alimento disponible en comunidades campesino indígenas del Chaco (principalmente el sorgo “antipájaros”) y por sanidad (resistencia a coccidiosis). Los desarrollos nacionales para hacernos más soberanos fueron realizados. El poder político fue el brazo de las empresas farmacéuticas para destruir el trabajo, las gallinas y las personas. Lo lograron en parte: sigue el desafío y hay capacidad para avanzar si hay decisión política de las organizaciones, de las comunidades, de los investigadores y del Estado. Salvo que decidamos esperar a que nos lluevan los milagros

Si hablamos de regulaciones podemos ver las aprobaciones de transgénicos (por Conabia) y agrotóxicos (por Senasa), o la desregulación de las aplicaciones de agrotóxicos. Los desastres de la injerencia empresaria son evidentes. Y grandes. Para debatir modos de producción y consumo resulta sumamente relevante entender cómo funcionan las regulaciones en nuestro país, y cómo lo que tenemos tiene que ser problematizado y denunciado en perspectiva de derechos vigentes. Lo digo específicamente para quienes quieren darnos tranquilidad con respecto al convenio sobre cerdos explicándonos que ya existen emprendimientos similares en nuestro país.

Plantear la diversificación productiva a partir de las necesidades populares concretas de salud y alimentación parece coherente y asequible si hay ganas de organizarse y trabajar. Y parece además más coherente que esperar soluciones mágicas, caidas de afuera. La soberanía alimentaria no es un concepto que nació de la boca de Alberto Fernández hablando sobre Vicentín: es una construcción amplia, internacionalista, que nació en 1996 y que tiene un potencia política extraordinaria, sobre todo si, de la mano de la agroecología, es capaz que reinterpretar y problematizar las culturas productivas de las distintas regiones del país.

Argentina tiene decenas de miles de familias produciendo, universidades que forman profesionales, organizaciones que trabajan muy bien (y que crecen y mejoran). Las condiciones para dar saltos de calidad están todas. Con el optimismo empresario no vamos a ir muy lejos. Se trata de salir de los sistemas del mal desarrollo, debatir muy amplia y políticamente, y avanzar con una mirada amplia de Buen Vivir en los debates urgentes. A problemas complejos, trabajo consciente, paciente, apasionado y organizado. Las soluciones van a estar, y van a ser diversas, locales y centradas en experiencias reales.

San Luis, 11 de Agosto de 2020

 

(*) Fernando Frank es Ing agr UNLPam, especialización en Agroecología (en curso) UNLaM. Trabaja en comunidades campesinas de San Luis temas de producción de alimentos y acceso a derechos, desde la SAFCI (Secretaría de Agricultura Familiar, Campesina e Indígena). Participa en ATE (Asociación de Trabajadores del Estado) y en la CALISA Biosur de la UNSL (Cátedra de Soberanía Alimentaria y Bioética del Sur, Facultad de Cs Humanas, Universidad Nacional de San Luis) – fmfrank@hotmail.com

 

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