Río Negro. Gente del Alto Valle.

Por: Eduardo Silveyra.

Pequeña crónica sobre la vida y sus vueltas, de dos pequeños productores del Alto Valle del Río Negro. Especial para Huerquen.

ALTO VALLE. En Villa Regina el frío invernal se hace sentir, a la vera de la ruta 22, las siluetas de los perales se asemejan a espectros, inmersos en la atmósfera lechosa de la mañana, hacia la derecha, sobre las bardas, una pareja de halcones planea en la inmensidad del espacio. En esas formaciones milenarias, también sobrevuela el fantasma del bandido rural, Juan Bautista Bairoletto, el Robin Hood de las pampas. En una de esas bardas, se encuentra una de las cuevas que le servían de refugio, convertida hoy en atracción turística, así nos cuenta Jorge Cowes, productor apícola y baqueano del valle, con quien nos dirigimos a la chacra de Alcira Cariño, una campesina nacida en Bolivia, pero afincada hace 50 años en la zona, ella nos espera junto con su compañero, Aldo Moschini, en esa tierra a la cual le dedican toda su existencia, sobreponiéndose a los embates de la propia vida y la misma naturaleza, con sus heladas o caídas de granizo. Después de hacer unos kilómetros, abandonamos la ruta y transitamos por una calle de piedra y tierra apisonada, donde sorteamos algunos charcos barrosos. Una vez que dejamos atrás las viviendas de una barriada humilde, nos adentramos en otra senda, donde pasamos por chacras abandonadas por sus dueños o por los herederos de aquellos antiguos agricultores. Cowes, apunta que eso no está bueno. Ya hay inversores de la zona, que las compran para lotear y crear barrios privados, aunque el riesgo mayor es que inversores extranjeros a través de testaferros o ellos mismos, las compren y acumulen tierra fértil, para dedicarlas a algún monocultivo transgénico. En esa conversación estamos, cuando la divisamos a Alcira abriendo la tranquera. No muy alta, en su rostro curtido se refleja la alegría de recibirnos, enseguida nos aclara que no tiene muchos cultivos porque es invierno, aunque nos muestra las hileras de los surcos cultivados con acelgas, zanahorias y lechugas y también las hileras de troncos y ramas ennegrecidos de los frutales, tales como ciruelos, peras, manzanas y otras más recientes, donde los esquejes de vid, con estoicismo vegetal esperan la primavera para estallar de verdor y frutos.

CARIÑO. Ese es el apellido de Alcira y además de nombrarla, pareciera llevarlo para cumplir un mandato ineludible, pese a cualquier infortunio que traigan los días. Ella misma nos cuenta que: “A los 14 años quedé huérfana de padre y madre. Me tuve que hacer cargo de mis 8 hermanos y salir a trabajar para mantenerlos. Me iba a trabajar a las chacras de peón, llevaba a los que podía para que me ayudaran. Después me casé, con un policía, tuve 3 hijos, pero enviudé y otra vez tuve que salir a trabajar a las chacras, me acompañaba el más grande para trabajar. Mis padres también eran campesinos, vinieron acá desde Ocuri, en el departamento de Sucre, donde nació Evo Morales. Eran obreros rurales, de ellos aprendí a trabajar la tierra y a ser agradecida con ella. Yo amo a este país y si todos los días no meto las manos en la tierra no me siento feliz, porque todo lo que soy como persona se lo debo a ella, por eso siempre le agradezco”. Esto lo dice con la voz entrecortada por la emoción, que llena de luminosidad la mirada de sus ojos negros y después de un silencio breve y necesario nos dice: “Yo vine a Río Negro con 2 años, mis padres trabajaban a medias con el dueño de la chacra, después con el tiempo comenzaron a alquilar, después fallecen los dos y como te decía antes, trabajé en las chacras, migré a Bariloche, ahí trabajé como empleada de comercio y fabricando el dulce de mosqueta que se produce en la zona. Me casé, tuve hijos, volvimos a la zona y retomé lo que yo sé hacer que es trabajar la tierra, comencé a alquilar, no grandes extensiones, sino pocas hectáreas que trabajaba con mis hijos, por ahí me ayudaba un hermano que es soltero, los otros quedaron por Bariloche. Y acá me dediqué al cultivo de la cebolla y varias hortalizas, como te decía, me ayudaban mis hijos, pero cuando crecieron buscaron otras cosas, porque la tierra te da para vivir pero no para progresar, porque el trabajo del campo no se remunera bien, no está bien pagado, no hay conciencia de que la agricultura familiar sostiene a todo el mundo, no importa los niveles sociales, pero no le hacen la devolución. Los obreros del campo somos los que menos ganamos, cuando trabajaba de peón no me alcanzaba para comer y vestirme, de todas maneras les pude dar una educación secundaria a mis hijos, no me alcanzó para el nivel terciario. Somos los que menos ganamos, por eso no podemos retener a nuestros hijos en el campo. Yo me quedé en las chacras porque amo esto, si no puedo arañar un poco de tierra es como que no tengo vida y ellos tienen otra visión. Yo vivo de lo que cultivo, cultivo para mí y lo que sobra lo vendo o intento venderlo porque la competencia es mucha, porque hay chacareros grandes. Yo acá estoy con la producción cebolla, acelga, rabanito, zapallito de tronco y calabaza y comercializo en la localidad o localidades cercanas, porque no tengo medio de transporte, no cuento con una camioneta o un camión para ir al mercado concentrador y también están los intermediarios que son los que te matan con los precios. Te compran a un costo bajo y lo tenés que vender sino todo se echa a perder”. En pocas palabras, con su amor y cariño campesino, Alcira, nos describe las dificultades de la agricultura familiar y de la necesidad de implementar políticas de arraigo, de afianzar instrumentos de comercialización para evitar la rapacidad de los intermediarios.

 

LUCHA. La conversación, nos va llevando sola palabra tras palabra, al lugar de la lucha, en esa cocina calentada con una estufa a leña que nos abriga y cobija de la intemperie gélida, que habita sobre los surcos divisados a través de la ventana. Alcira se entusiasma y me dice: “Estuve muchos años trabajando en asociaciones, formando cooperativas, porque entre muchos podemos, pero por el camino alguno se va cansando porque muchas veces tampoco logras llegar, porque somos todos productores pequeños y no tenemos los medios económicos y los grandes chacareros nos matan y si querés salir de la provincia o llegar a Bariloche, me piden el transporte adecuado para llevar las frutas y verduras, el sello, el permiso, esto lo y lo otro. Sabés como termina el productor pequeñito como yo, cansándose, porque te ponen tantas trabas para vender tus productos que te cansas. Y también pasa que alguno se posiciona, se va a trabajar a alguna oficina de un ministerio y después se olvida de los otros. Eso también pasa. Pero sí, es importante estar organizado y asociado, porque se consiguen más cosas luchando muchos que solo. Hay que tener conciencia de que se lucha por la tierra y hacerlo a pesar de las dificultades. La asociación en la que estaba se llamaba Asociación de Productores Eva Duarte, funcionaba acá en Ingeniero Huergo”. Una conciencia que esta Alcira exuda por los poros y parece contagiar y compartir con su compañero Aldo Moschini.

MOSCHINI. Aldo Moschini es nieto de italianos, de aquellos tanos que migraron por las guerras, confrontaciones de millones de seres humanos contra otros, que asolaron la Europa del siglo XX y encontraron en todos los rincones del país un lugar donde trabajar, incluso prosperar y salir de la miseria, en la cual los conflictos bélicos los sumergían. Entra alegre e impetuoso y pone sobre la mesa una bolsa con chorizos y morcillas. También, deja sobre la madera lustrosa, una botella de vino, unas lechugas frescas, se integra a la conversación y cuenta parte de su historia: “Yo nací acá en esta chacra y como ella, también amo esta tierra, porque es la que nos da todo. Mirá, estos chorizos y las morcillas, los hace un chacarero de la zona que cría cerdos. El vino, ya vas a probar lo que es este vino, lo fabrica un viejito de por acá nomás, que tiene 90 años. Lo hace con una precariedad absoluta, tanta que uno se puede preguntar, como hace este hombre para hacer un vino tan bueno. Pero te voy a decir algo, que tiene que ver con el campo y con la Argentina. A los argentinos le falta ser nacionalistas, pero no nacionalistas de discriminar a los inmigrantes eso no, porque esto está hecho con gente que vino de muchos lugares diferentes. Nacionalistas en el sentido de defender a los pequeños agricultores, de defender la tierra y la naturaleza. Acá hay muchas chacras abandonadas y las están comprando para hacer negocios inmobiliarios, también las pueden comprar para plantar transgénicos y contaminar más de lo que ya está contaminado. En el Río Negro tiran los desechos cloacales sin tratar como si nada y eso va a parar al mar. Yo en una época criaba cerdos y a veces para vender me tenía que meter por caminos secundarios, para evitar que la policía o los controles del SENASA no me sacaran los cerdos, es como si fuera un contrabandista en mi propia provincia. Si no se ayuda a los productores pequeños, la tierra va a parar a manos de los monopolios extranjeros, los jóvenes se van del campo, para qué se van a quedar si no tienen un horizonte de poder progresar, yo me quedo porque como ella, siento que este es mi lugar y donde tengo que estar. Te digo la verdad, no conozco Buenos Aires, ni me interesa conocer, mi vida está acá”. Ese sentido de pertenencia y arraigo, me dice el, debería ser contagioso, pero, para que lo sea, hace falta implementar políticas fuertes con respecto a los pequeños productores, como afianzar los mercados de cercanía y eliminar muchas trabas burocráticas.

SOBERANÍA. Interrumpimos la conversación o la continuamos por otros senderos y ahí estamos, comiendo unas ricas papas al horno -cosechadas el día anterior por Alcira- para acompañar el chorizo horneado, con una rica ensalada de lechuga de hojas crujientes. Da gusto compartir ese almuerzo en la calidez de una cocina tan acogedora como sus anfitriones. Vaya uno a saber cómo, pero, una vez que terminamos de almorzar surge la idea de comer un postre, es así que cortamos en gajos finos, cuatro manzanas, dos Schmidt de verde reluciente y dos Red, tan rojas como el sol de la aurora y las sarteneamos en manteca, cuando están doraditas agregamos un chorro espeso de la miel aportada por Jorge Cowes, de sus colmenas y cuando comienza a bullir le echamos un puñado de nueces, del nogal del fondo de la chacra, unas pasas de uvas, un poco de canela y una pizca de chile rojo. Llegó el momento de saborear el humilde, pero no por eso menos sabroso manjar, ideal para atemperar el frío bajo cero que nos espera en el camino de retorno. Salvo la canela, todos los productos empleados, fueron producidos por la agricultura familiar de manera agroecológica y si no se encontraban en la chacra que trabajan Alcira y Aldo provenía de la de algún vecino. Si hablamos de soberanía alimentaria, allí estuvo bien marcada su presencia y tal como nos dijo esa Alcira: “Toda la producción está libre de pesticidas y agroquímicos, yo uso todo natural, desde el abono a lo que hay usar para matar las plagas”. No queda más que decir: ¡Salute! Por Aldo y por Alcira y todos aquellos pequeños productores que la pelean a diario en el Alto Valle del Río Negro.

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