¿Qué está pasando con el trigo transgénico en Argentina?

En octubre de 2020, tuvo lugar en Argentina la primera aprobación de trigo transgénico a nivel mundial (trigo HB4 de Bioceres), que se encuentra supeditada a la aprobación de Brasil para su liberación comercial. Las características de este trigo son su “resistencia a sequía” y al herbicida glufosinato de amonio.

En este contexto un conjunto muy importante de organizaciones de distintos puntos del país constituyeron hace pocas semanas la Plataforma Socioambiental y lanzaron el Panazo Nacional bajo la consigna “¡Con Nuestro Pan No!”. A la exigencia de que el Estado argentino dé marcha atrás con la aprobación, se sumó la articulación con organizaciones del Brasil que rechazan su aprobación allí. De esta manera durante la semana del 16 al 22 de agosto se realizaron acciones en distintas ciudades de las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos, Salta, Córdoba, San Luis y la Plaza de Mayo en CABA.

Como parte de esa agenda común, SANAR (Sociedad Argentina de Nutrición y Alimentos Reales) organizó el conversatorio virtual “¿Qué está pasando con el trigo transgénico en Argentina?” con valiosas intervenciones de compañerxs que aportaron elementos desde distintas miradas para construir un panorama más general de lo que implica la aprobación de este trigo transgénico y su eventual liberación comercial para la salud del ambiente, los sistemas productivos y las personas. En él se propuso abordar el tema a través de un recorrido desde la producción del trigo hasta que los alimentos llegan a la mesa.

Fernando Frank, ingeniero agrónomo, trabajador de la SAFCI y miembro de diversas organizaciones es autor del Informe “El pan en manos de las corporaciones” publicado recientemente por Acción por la Biodiversidad. Comenzó por ofrecer un mapeo del proceso de agriculturización, entendido como el avance del monocultivo de soja y maíz transgénicos y de trigo en términos de ocupación del territorio nacional desde los 70 hasta 2010; en algunos casos con reemplazo de ganadería pastoril (en la Región Pampeana) y en otros (como Chaco) con deforestación y desplazamiento de ganadería de bosque nativo, mayormente de población campesino-indígena.

Frank señaló que la característica principal del monocultivo con tecnología de siembra directa es su adicción a herbicidas, ya que es “un sistema de producción diseñado para vender agrotóxicos, específicamente herbicidas”. Los datos demuestran en forma contundente que el uso de herbicidas ha aumentado exponencialmente desde los 90 hasta la actualidad, donde Argentina es uno de los países con mayor consumo mundial de agroquímicos.

Luego se refirió al altísimo nivel de consumo interno de trigo en Argentina, superior al de Brasil. Dado que en trigo el principal destino de exportaciones es Brasil, el uso comercial del trigo HB4 en Argentina está supeditado a la aprobación de ese país, con una perspectiva netamente ligada a la rentabilidad. De esta manera una decisión soberana se delega en otro país, sin considerar su impacto local en materia alimentaria o agrícola.

Gonzalo Rondini, productor agroecológico de Trenque Lauquen en Fincas “El Paraíso”, abordó el cultivo de trigo desde una perspectiva histórica. Este cereal se consume desde hace miles de años, pero a partir de la llamada “Revolución Verde”, la semilla se fue modificando para tolerar fertilizantes artificiales, con lo cual la semilla moderna es diferente a la ancestral, que por ejemplo tenía un contenido mucho más bajo de gluten y un mayor y mejor contenido de fibra. “Los fertilizantes hicieron que necesitemos herbicidas, y esos herbicidas hicieron que necesitemos fungicidas, y así llegamos a tener cultivos cada vez más artificiales”. Rondini propone recuperar las semillas ancestrales y también seguir usando las semillas modernas, eligiendo de estas las que más se adaptan a las necesidades de producción agroecológica, orgánica o biodinámica.

La pregunta que sobrevuela su presentación es: ¿realmente necesitamos un trigo transgénico? En lugar de implementar semillas “resistentes a sequía”, propone abordar las causas de esa sequía, poner el foco en la salud del suelo. Los suelos retienen más agua cuando tienen más materia orgánica, microorganismos y minerales, y los cultivos producidos con un suelo saludable son más nutritivos.

Foto Esmeralda Schwartzman

Marcos Filardi, abogado, integrante de la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria de Nutrición (UBA), miembro de la Red de Abogades por la Soberanía Alimentaria (REDASA), y coordinador del Museo del Hambre; ofreció un exhaustivo repaso del proceso de aprobación del evento IND-ØØ412-7 que es el trigo transgénico HB4. Un proceso plagado de conflictos de interés y falta de transparencia que comenzó durante el gobierno de Macri pero culminó en octubre de 2020 con su aprobación condicionada por parte del gobierno actual. “Al momento continuamos a la espera de la decisión del gobierno de Brasil para su aprobación comercial. Sin embargo, se sabe a través de datos proporcionados por Bioceres que en Argentina ya se han plantado 6 mil hectáreas de este trigo en 3 provincias en una primera campaña, y 25 mil hectáreas en 7 provincias en una segunda campaña, y se proyecta plantar 60 mil hectáreas en los próximos meses”.

Filardi también reseño las tres acciones judiciales que se encuentran en curso para frenar la aprobación comercial efectiva, señalando a su vez la importancia de que esto sea acompañado por un rechazo contundente de la comunidad y que el camino a seguir es fomentar la agroecología, ya que están probadas las consecuencias devastadoras del sistema agroindustrial imperante.

Damian Verzeñassi, médico legista, integrante del Instituto de Salud Socioambiental de Rosario, habló sobre el impacto de los agroquímicos en la salud. Para esto se refirió a lo que se sabe hasta el momento, a través de estudios científicos, sobre la seguridad de los organismos modificados genéticamente: “Está comprobado que algunos de ellos afectan la función hepática y renal; alteran el peso, los triglicéridos, el fósforo y el sodio; producen alteraciones histopatológicas; producen alteraciones endócrinas y cambios en el metabolismo; además de que los agrotóxicos y sus metabolitos permanecen en los granos.

Por otro lado, hoy en día se sabe que los alimentos transgénicos no son equivalentes en sus propiedades a los no transgénicos. La alimentación es clave para fortalecer el sistema inmunológico. No hay salud posible si lo que incorporamos como comida no es un alimento. Para tener buenos alimentos, necesitamos una naturaleza saludable, para lo cual necesitamos una agricultura que respete la naturaleza”.

Con respecto al trigo HB4, Verzeñassi indicó que no hay trabajos científicos que hayan demostrado que las proteínas transgénicas presentes en este trigo sean inocuas para la ingesta. Sí se ha demostrado que estas proteínas no desaparecen con la cocción (son termoestables), y también que hay diferencias significativas entre el trigo transgénico y el no transgénico en cuanto a sus propiedades (proteínas, aminoácidos, lípidos, minerales, etc.). Luego proporcionó información de las propias empresas químicas y estudios científicos que demuestran que el glufosinato de amonio tiene múltiples y profundos efectos nocivos para la salud, además de ser compatible con otros herbicidas, como la atrazina, de la cual se sabe que en sinergia con otros agroquímicos potencia su acción nociva. Desde la empresa sugieren que el uso de glufosinato de amonio sería opcional, pero los elementos a disposición demuestran lo contrario.

Foto Esmeralda Schwartzman

Guillermo Folguera, biólogo y filósofo, ordenó su presentación en torno al postulado de que el trigo HB4 representa hoy “el paroxismo de este modelo”, que presenta 5 signos característicos:

– nunca queda claro cuales son las evidencias en las cuales se basa su aprobación, ni por qué se desestiman todas las advertencias emitidas desde ámbitos de la ciencia y las comunidades;
– es un modelo “presentista”, que niega el pasado (miles de años de prácticas agrícolas) y también el futuro, ya que no se exigen estudios de impacto a mediano plazo;
– a nivel comunicacional utiliza un discurso publicitario, que destaca las virtudes y nunca advierte sobre los potenciales daños, y las políticas públicas se sostienen en ese discurso, negando los riesgos;
– no apunta al bien común, sino que beneficia a privados que además se sirven de recursos de instituciones públicas, lo cual supone una mercantilización del estado;
– y por último, es un modelo que distorsiona el concepto de sostenibilidad, disfrazando estas tecnologías de soluciones cuando su aplicación implicaría un avance de la frontera agrícola con deforestación y cultivo en suelos que están estresados por sequía, lo cual empeoraría el problema en lugar de remediarlo.

Rosario Iturralde, antropóloga de 30 de Agosto (BsAs), co-coordinadora de la Diplomatura en Agroecología para la Región Pampeana y del emprendimiento Cimarrona, se refirió a las distintas formas de producción agrícola haciendo hincapié en sus repercusiones en la sociedad.

“La agricultura tiene 10.000 años de historia, y solo en los últimos 300 años tomó forma el sistema agroalimentario global actual, que se terminó de consolidar en los 90’ y alteró profundamente el vínculo de la producción con su base biológica, ya que se hizo cada vez más dependiente de nuevos sectores industriales como la industria química, la industria biotecnológica, la de maquinarias, de aditivos alimentarios y de transformación de alimentos. Uno de los pilares de este modelo es que se basa ideológicamente en la ciencia y tecnología, pero el patentamiento supone una apropiación del saber colectivo volcado durante miles de años en la domesticación de las semillas”. Iturralde señala que esto implicó un gran desplazamiento simbólico para imponer determinados regímenes de verdad que reproducen determinados conocimientos y certezas, y excluyendo otros.

Entre las consecuencias sociales de este modelo se encuentra la pérdida de saberes tradicionales y autonomía de los productores. También se produjo una triple transición: alimentaria (cambió la forma de alimentarnos), poblacional (se produjo una gran migración de zonas rurales a urbanas) y epidemiológica (cambió la forma de enfermarse).

Iturralde indica que la agroecología parte de la crítica a este modelo, y la define como una herramienta de transformación social para lograr la soberanía alimentaria, entendida esta última como “el derecho y la autonomía de los pueblos a elaborar y regir su propio programa alimentario en relación con las condiciones de cada lugar” (Myriam Gorban).

La agroecología propone una relación diferente con la naturaleza a partir de sistemas socialmente justos, y apunta a obtener alimentos sanos, seguros y soberanos, es decir, que sean locales, agroecológicos, con alta calidad nutricional y que potencien sistemas productivos que cuiden nuestro suelo y nuestro futuro. Los sistemas de producción fundados en la agroecología son biodiversos, resilientes, eficientes energéticamente y socialmente justos. La agroecología supone la articulación entre ciencia, práctica y movimientos sociales para la soberanía alimentaria, donde el conocimiento científico debe ser interdisciplinario y no circunscribirse al ámbito académico.

Foto Esmeralda Schwartzman

Por último, Natalia Retamar, licenciada en nutrición e integrante de SANAR. En su presentación abordó la problemática desde el punto de vista del consumo final, señalando que el trigo puede ser un alimento saludable, pero esto depende de la forma en que se produce.

“La producción agroindustrial nos expone a una cantidad cada vez mayor de agroquímicos dañinos para la salud y el medioambiente. En ciertos ultraprocesados consumidos en Argentina se han encontrado hasta 13 agrotóxicos distintos, entre ellos glifosato y glufosinato de amonio. En cambio, la producción agroecológica es compatible con la soberanía y la seguridad alimentaria porque disminuye la exposición a contaminantes químicos (como disruptores endócrinos, neurotóxicos y genotóxicos), previniendo enfermedades; favorece el desarrollo de una microbiota intestinal saludable y un funcionamiento adecuado del sistema inmune; y promueve también la salud del suelo. Un suelo biodiverso es rico en nutrientes, lo cual se traduce en alimentos altamente nutritivos, con mejor sabor y mejor aroma.

Para finalizar, Retamar reflexionó sobre qué podemos hacer desde el lugar de consumidores frente a esta problemática, y propone: informarnos, consumir alimentos de cercanía, apoyar proyectos agroecológicos, fomentar el desarrollo de cordones frutihortícolas en las ciudades, hacer huertas urbanas, compostar, y exigir en la forma que podamos que se cumpla el derecho a una alimentación sana, entre otras cosas, rechazando la implementación del trigo HB4.

Agosto de 2021

Fotos gentileza de Esmeralda Schwartzman

Las intervenciones completas están disponibles aquí.

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